Hace unas pocas semanas, mientras estaba de vacaciones de mi trabajo, terminé de leer el libro de Natalia Ginzburg “Léxico familiar”. Un buen libro, no memorable, que se convierte en testigo de cómo fue vivir en medio de las dos guerras mundiales en Italia, en medio del ascenso del fascismo, la desconfianza, aunque en un ambiente muy familiar, académico y deportivo. Pero de todo eso, ¿qué es lo que más recuerda Natalia de aquel tiempo? ¿Las bombas? ¿La universidad? ¿El miedo? ¿Las detenciones? ¿La muerte? No. Sus recuerdos se basan en la forma particular como su familia hablaba, las palabras que usaban, las expresiones propias de cada miembro de la familia en cada etapa de la vida, qué frase usaba su papá para quejarse de sus hijos: “qué borricos sois”, o su mamá, que recordaba Alemania a través de alguna amiga suya que vivía allí; los juegos entre sus hermanos y las tertulias entre ellos, cómo se referían a algunos amigos… Todas esas complicidades son las que, sin una fecha específica, le permiten a la autora regresar al pasado y ubicarse en un momento indeterminado de él y rescatar alguna memoria.
Escribo esto ad portas de diciembre, al lado del arbolito de Navidad (que siempre florece los 24), que ya está iluminado por las 9 extensiones que con mucha dedicación Edison puso rama a rama, y pienso en que justamente es en esta temporada cuando la mayoría de nosotros experimentamos con más fuerza nuestro propio “léxico familiar” al reunirnos con casi todos nuestros seres queridos y repetimos esas frases o palabras que solo cobran sentido cuando las decimos entre nosotros. Para poner un ejemplo: en mi familia somos de una vereda, crecimos llamando a las cosas por nombres que mucha gente del pueblo no entiende: “mocho” le decimos al azadón, “palangana” a la sartén, un “chucho” es el fruto del totumo (con el que se hacen totumas), y así sucesivamente; vocabulario salitreño lo llaman los citadinos*. Del mismo modo, hay palabras específicas que solo tienen significado dentro de mi familia, una forma particular en que mis hermanos me llaman, en que yo les llamo a ellos, en que nos dirigimos a mis papás, o una expresión en la que remedamos a mi papá y que usamos cuando una situación se ha complicado de más. Tantas familias reunidas este mes en estas fechas y tantos léxicos familiares desempolvándose, repasándose, expandiéndose. Pienso, sin embargo, que todo ese vocabulario un día dejarán de existir… Posiblemente algunas expresiones sobrevivan en mis sobrinos, pero ellos a su vez crearán su propio léxico familiar a medida que crezcan y tengan o sus propias familias o sus propias vivencias, porque, como todo lenguaje, el léxico familiar se alimenta del entorno social.
Honestamente, no me encantó tanto el libro de Léxico familiar como para invitarlos a que lo lean, pero sí que me dejó pensando en cuántas cosas hacen parte de nuestro propio léxico familiar que no nos hemos dado cuenta y que sería un ejercicio muy bonito de diciembre y de familia hacer el inventario, caer en la cuenta de quién viene cada expresión curiosa, cuál tío se la inventó o de qué anécdota surgió. La memoria alimenta ese léxico y también puede ser un homenaje a los ausentes.
*guiño guiño
