martes, 2 de diciembre de 2025

Léxico Familiar- Natalia Ginzburg

Hace unas pocas semanas, mientras estaba de vacaciones de mi trabajo, terminé de leer el libro de Natalia Ginzburg “Léxico familiar”. Un buen libro, no memorable, que se convierte en testigo de cómo fue vivir en medio de las dos guerras mundiales en Italia, en medio del ascenso del fascismo, la desconfianza, aunque en un ambiente muy familiar, académico y deportivo. Pero de todo eso, ¿qué es lo que más recuerda Natalia de aquel tiempo? ¿Las bombas? ¿La universidad? ¿El miedo? ¿Las detenciones? ¿La muerte? No. Sus recuerdos se basan en la forma particular como su familia hablaba, las palabras que usaban, las expresiones propias de cada miembro de la familia en cada etapa de la vida, qué frase usaba su papá para quejarse de sus hijos: “qué borricos sois”, o su mamá, que recordaba Alemania a través de alguna amiga suya que vivía allí; los juegos entre sus hermanos y las tertulias entre ellos, cómo se referían a algunos amigos… Todas esas complicidades son las que, sin una fecha específica, le permiten a la autora regresar al pasado y ubicarse en un momento indeterminado de él y rescatar alguna memoria.

Escribo esto ad portas de diciembre, al lado del arbolito de Navidad (que siempre florece los 24), que ya está iluminado por las 9 extensiones que con mucha dedicación Edison puso rama a rama, y pienso en que justamente es en esta temporada cuando la mayoría de nosotros experimentamos con más fuerza nuestro propio “léxico familiar” al reunirnos con casi todos nuestros seres queridos y repetimos esas frases o palabras que solo cobran sentido cuando las decimos entre nosotros. Para poner un ejemplo: en mi familia somos de una vereda, crecimos llamando a las cosas por nombres que mucha gente del pueblo no entiende: “mocho” le decimos al azadón, “palangana” a la sartén, un “chucho” es el fruto del totumo (con el que se hacen totumas), y así sucesivamente; vocabulario salitreño lo llaman los citadinos*. Del mismo modo, hay palabras específicas que solo tienen significado dentro de mi familia, una forma particular en que mis hermanos me llaman, en que yo les llamo a ellos, en que nos dirigimos a mis papás, o una expresión en la que remedamos a mi papá y que usamos cuando una situación se ha complicado de más. Tantas familias reunidas este mes en estas fechas y tantos léxicos familiares desempolvándose, repasándose, expandiéndose. Pienso, sin embargo, que todo ese vocabulario un día dejarán de existir… Posiblemente algunas expresiones sobrevivan en mis sobrinos, pero ellos a su vez crearán su propio léxico familiar a medida que crezcan y tengan o sus propias familias o sus propias vivencias, porque, como todo lenguaje, el léxico familiar se alimenta del entorno social.

Honestamente, no me encantó tanto el libro de Léxico familiar como para invitarlos a que lo lean, pero sí que me dejó pensando en cuántas cosas hacen parte de nuestro propio léxico familiar que no nos hemos dado cuenta y que sería un ejercicio muy bonito de diciembre y de familia hacer el inventario, caer en la cuenta de quién viene cada expresión curiosa, cuál tío se la inventó o de qué anécdota surgió. La memoria alimenta ese léxico y también puede ser un homenaje a los ausentes.


*guiño guiño 

sábado, 19 de julio de 2025

Mi reseña de Abril: El curioso incidente del perro a media noche. Mark Haddon

Una historia sencilla, demasiado compleja...

Seguramente, de no ser por Tinta, nunca habría llegado a este libro. Cuando lees algunas reseñas, sabes que se trata de un adolescente neurodivergente que se plantea ser un detective al estilo Sherlock Holmes para averiguar quién mató a Wellington, el perro de la vecina. Y, en efecto, eso sucede y así empieza el libro, pero no me preparó para toda la complejidad que se iba a desarrollar.

Christopher, el protagonista, se encuentra con que el perro de la vecina ha sido asesinado en el patio. Esto lo conmueve profundamente, pero él es neurodivergente, y estamos hablando de una historia que se desarrolla en los años 90. Si hoy en día aún desconocemos mucho sobre la neurodivergencia, en ese entonces, mucho más. Cuando la vecina ve a Christopher con el perro muerto, saca sus propias conclusiones y procede a llamar a la policía. A partir de ahí, Christopher decide averiguar quién ha matado al perro, pese a que su papá se lo prohíbe para evitar malentendidos. Christopher vive solo con su padre, pues su mamá murió cuando él era pequeño. Su papá ha sido su soporte todo este tiempo y no quiere que se meta en problemas.

Christopher es buenísimo para las matemáticas y entiende todo de manera muy literal. Si la instrucción que recibe es “no quiero que hables más de ese tema”, él efectivamente obedecerá y no hablará, pero eso no significa que no pueda escribir al respecto, por ejemplo. Su papá le ha dicho que no quiere que siga con esa investigación, pero él encuentra la forma de continuar sin desobedecer… o al menos eso cree.

A medida que la historia avanza, muchos secretos salen a la luz. Decisiones de cada personaje me confrontaron con mi propia forma de entender el mundo. A veces, la inocencia es chocante, y no es fácil comprender las razones que tiene alguien que, a mi juicio, ha obrado mal y termina siendo considerado el héroe o la víctima, mientras quien se ha sacrificado queda como el villano.

Las conclusiones que sacamos de cada libro que leemos vienen de nuestra propia experiencia, de cómo nos reflejamos en cada personaje y situación, de cómo, con mis vivencias, yo habría actuado en ese momento. De los matices que yo veo, pero que Christopher ignora, y viceversa. Y justo eso es lo más valioso que encontré en El curioso incidente del perro a medianoche. Un libro que me dejó sintiéndome payasa porque mi percepción inicial fue: “adolescente neurodivergente hace una investigación y la narra desde su particular forma de ver el mundo”. Terminé metida en una historia triste, de decisiones difíciles y complejas; casi que es una historia dolorosa.

Hay una frase donde un profesor le dice a Christopher que las matemáticas no son como la vida, porque al final, en la vida no hay respuestas sencillas. Y eso se encarga de ser confirmado durante toda la historia.


sábado, 21 de septiembre de 2024

12 cuentos mas bien sombríos si eres gente de sol

 Los cuentos que leemos de niñas suele terminar en "y vivieron felices para siempre." Ya cuando crecemos descubrimos la mentira de ese final y de que justo ahí es cuando realmente empiza el cuento, pero no sé que tienen las autoras argentinas y me referiré puntualmente a Camila Sosa y Mariana Enriquez que son con quienes me he encontrado recientemente, que en sus cuentos las historias de sus personajes ni terminan felices /o tal vez sí/ ni realmente terminan... quedamos a la deriva queriendo saber que ha pasado con elloos, si al final viven o sobreviven y cómo lo hacen, pero no hay cierre, solo una foto de sus vidas. 

Para el caso de Enriquez siento que eso es lo que mas terror le aporta a los cuentos: Leí "Ojos negros" un viernes a las 10:30 pm y luego casi no puedo dormir porque no se como voy a sobrevivir si me encuentro con esos niños... les echo agua bendita?, les rezo el credo al revés?, les disparo con balas de plata? son extraterrestres? Ni idea. Me arropé esa noche, dormí mirando hacia el lado contrario de la ventana y en lugar de contar ovejas para conciliar el sueño, me repetí mil veces que "es ficción, es ficción, es ficción". Por supuesto yo no soy un referente de valentía, pero como persona que se empelicula fácil (ya no escucho el podcast mexicano de "las morras malditas" porque me sugestiono) doy fé de que mi estrategia funciona y al rato se pasa el susto. 

Ya sabía de la existencia de "Un lugar soleado para gente sombría" por facebook  pero lo tenía en la lista para mas tarde; adelanté su lectura porque en la librería a la que entré no tenian "Te dí ojos y miraste las tinieblas" de Irene Solá Sáez, asi que aproveché y compré "Un lugar soleado..". Pero desde el primer cuento te va golpeando no solo con el miedo a lo desconocido, a lo paranormal, sino con el miedo moral por llamarlo de alguna forma, porque plantea la pregunta de cómo actuaríamos ante determinada situacion que pudiera poner en riesgo nuestra integridad o la de aquellos a los que amamos y lo define en su frase "Es fácil pensar con ética cuando lo que amamos no está en peligro".  Muchas veces esos cuestionamientos asustan mas que una aparición porque estoy segura que la mayoría de nosotros en épocas de crisis no seríamos las personas que decimos ser en épocas tranquilas... Ya tuvimos un bocado de eso en la pandemia.  

Pero Mariana Enríquez no se limita a esos dos miedos, ella es mujer y es latina; resulta que ser mujer, en especial aquí, también da miedo, por el machismo, la violencia, los estandares de belleza, la vejez, los cambios normales del cuerpo.... y todo eso lo va reflejando en sus siguientes cuentos desde "los pájaros de la noche" donde nos queda muy claro que a hombres y mujeres nunca se nos juzga igual, lo mismo en "Diferentes colores hechos de lagrimas". En "Julie" y "La metamorfosis" el mayor miedo, de nuevo, no es el mas allá sino el más acá. 

De "La mujer que sufre" y "Un artista local" no puedo decir mucho, dan miedo, sobretodo del sufrimiento de una enfermedad terminal, pero son mis menos favoritos del libro. "Cementerio de heladeras" de nuevo nos genera la pregunta de como actuariamos en una situación compleja y de "Los himnos de las hienas" concluyo que los traumas no solo quedan en las personas, los lugares tambien recuerdan y mantienen la energia de los eventos que albergaron y por eso hay sitios con energías pesadas. 

Para mí, el primer y el ultimo cuento son los dos que no podré sacar de la cabeza por un buen tiempo y sobre los cuales divagare en cada oportunidad que me den, porque no me voy a torturar sola con el cuestionamiento etico ni con la sugestion de que se me aparezcan esos peladitos a media noche.